martes, 18 de abril de 2017



La consagración y el exterminio

Era el fin de mi primera temporada, había yo cumplido apenas dieciocho años y ahora me doy cuenta de lo joven que era. En el lobby del hotel en Barcelona, Maurice me dijo, en español: «Luisa, quiero que te aprendas el rol de la “Elegida” de La Consagración de la primavera». No le di importancia, me emocioné un poco, pero jamás pensé que pasaría lo que sucedió después.

Al volver de las vacaciones de verano comenzaron los ensayos de La Consagración de la primavera. En la tablilla de informaciones y avisos de la compañía, ¡mi nombre estaba puesto junto con algunos otros para bailar el papel principal y tenía programado un ensayo en pocos minutos! ¡No podía creerlo!, si era apenas el inicio de mi segundo año en la agrupación y este es el rol máximo al que aspira una bailarina, uno de los ballets míticos de este creador. ¡Y yo no me había aprendido nada en las vacaciones! Fui a la pequeña biblioteca de videos y pedí uno, en aquel entonces aún eran cassettes VHS –era el año 2001– y corrí a uno de los salones para aprendérmelo. En un par de minutos logré asimilar a grosso modo los pasos, no sé ni cómo lo hice, pero había muchos aspectos que no tenía claros, como las cuentas de los pasos[1].

A las dos de la tarde tuve mi primer ensayo con Kathryn Bradney, gran bailarina retirada de la compañía que en ese entonces se dedicaba a darnos clases y ensayarnos. Me aclaró mis dudas, e instantes después Maurice entró al salón para observar y darme sus correcciones. Estaba nerviosa, su presencia me impactaba. Uno de los obstáculos de este rol es el solo de la bailarina principal, es decir su variation, que es sumamente larga y muy pesada físicamente; se necesita mucha resistencia para poder terminarla, como si fuera un intenso maratón, por así decirlo. Casi al final del ensayo, Maurice me preguntó si quería “pasar toda la variation”, o sea bailarla de corrido, sin parar. No pude decirle que no, esa pregunta tenía una sola respuesta. Pero era más que irracional, ¡si acabábamos de regresar a bailar tras un mes de vacaciones! Acepté y yo misma me impresioné: logré interpretarla toda.

―¡Ni pareces cansada, Luisa! ―me dijo Maurice ―generalmente la “Elegida” termina muriéndose de agotamiento físico y sin poder respirar.

Me reí y no dije nada, pero sí que estaba sofocada y creo que se notaba. Me parece que mi verano en México me ayudó, porque estando a casi tres mil metros sobre el nivel del mar me sirvió como entrenamiento físico. Además de la sana juventud que llevaba, no fumaba y sigo sin hacerlo; era una joven fuerte y con una preparación muy buena al haberme graduado de la Escuela de la Ópera de París. Después me enteré que las intérpretes anteriores eran todas mayores que yo.

Pasaron varias semanas de ensayos, mi variation se encontraba cada vez más pulida; cada detalle estaba corregido, cada mirada, gesto e intención. Me aprendí todo el resto del ballet y el culminante final que seguía a la variation. No era suficiente solamente terminar el solo, sino continuar con el mismo ímpetu para emprender ese gran final; era una verdadera batalla física. Pero aún no tenía yo una fecha programada para bailar. Hasta que por fin, aparecieron los nombres de los elencos que bailarían en el Palacio de Congresos en París a finales de septiembre. En ese momento sí que sentí gran emoción, era algo real: mi nombre escrito sobre una hoja de papel. Pero a la vez, una gran presión me invadió. París es la cuna de la danza, el recinto del academicismo francés, el público es muy exigente ahí, a las funciones de la compañía en París asisten los bailarines, las estrellas, maestros, y ensayadores del Ballet de la Ópera de París. Seguro estaría Madame Claude Bessy, la directora de mi escuela, la de la Ópera de París. Ahora, la considero a ella como mi hada madrina, pero en aquel entonces no entendía su exigencia, lo dura que era con los alumnos, pero se lo agradezco infinitamente. Con todo eso en mente, ensayé con mucha más consciencia, como si hubiera aterrizado de un sueño.

Ese día, terminamos la clase de ballet y continuamos con los ensayos, Y en un receso, nos enteramos de la horrible noticia: las Torres Gemelas de Nueva York acababan de ser derrumbadas por atentados terroristas. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, cómo podía ser eso posible, en qué mundo estábamos viviendo. ¿Acaso era el inicio de una guerra mundial? ¿Cuántos inocentes habrían muerto en ese ataque? Además, otro avión había sido impactado contra las fachadas del Pentágono, en Virginia y otro más se estrelló en un campo abierto en Pensilvania.

Nadie pudo concentrarse en los ensayos que siguieron. Se cancelaron las actividades y nos dieron la tarde libre. Volví a casa y tuve mucho miedo, ¿estaba yo en lugar seguro? Intenté tranquilizarme, pensando que estaba en Suiza, un país neutral, en una pequeña ciudad, la capital olímpica, Lausanne.  Me quedé dormida mirando las terribles noticias y sabiendo que en el sótano de mi edificio había un resguardo contra ataques nucleares.

A la mañana siguiente corría el rumor de que quizá se cancelaría la gira parisina, debido a lo sucedido. Era el inicio de una guerra contra el terrorismo. No sabía qué pensar. Quizá todo había sido apenas sueño, una ilusión, un espejismo, pero el mundo estaba de luto. A pesar de eso, continuamos ensayando y al final del día se confirmó la gira: sí bailaría.

El tren partió hacia la capital francesa, no pude dejar de pensar en lo que estaba por vivir. Una y otra vez repasé en mi memoria la coreografía, las cuentas, todo lo que me había corregido Maurice.

En el primer día de ensayo en el foro se incorporaron bailarines del Ballet du Rhin, de Strasbourg, ya que este ballet lleva un gran cuerpo de baile. Maurice, desde las butacas, dirigió el ensayo, dando correcciones de colocación en el escenario, luces para los iluminadores, etc.

—¡Quítense esas fachas, parecen pordioseros! —dijo Maurice por el micrófono, dando la orden a los bailarines de quitarnos los pantalones, blusas y demás vestimentas que todos llevábamos puestos, quedándonos solamente en mallas y leotardos.  

Estuvimos en el foro cerca de cinco horas ensayando este ballet. Esta obra fue la que propulsó a Maurice Béjart como coreógrafo emprendedor e innovador.

—Luisa, pasemos tu solo —escuché decir a Maurice por el micrófono.
“¡Dios mío!”, pensé. Corrí a la bambalina, bebí un trago de agua, respiré profundamente y me coloqué en el centro del escenario, rodeada del enorme cuerpo de baile, quien me observaba. A decir verdad, no les presté atención, pero sentí cierta energía extraña, como si estuvieran esperando a que me cayera.

            —Bien, subiré al escenario para darte ciertas correcciones, pero bastante bien. Muchas gracias, mis niños. Por hoy, hemos terminado —dijo Maurice.
            Nos quedamos Maurice y yo en el escenario. Escuché con atención cada una de sus indicaciones, buscando la perfección de sus movimientos, su técnica béjartiana.

El día de mi anhelado estreno llegó: detrás del telón no podía esperar ni un segundo más, quería que la función empezara y aún no daban esa tercera llamada. Hasta que por fin las luces se apagaron adentrándome en un vacío obscuro.

 De pie en medio del escenario, rodeada de las demás bailarinas colocadas sobre el piso, y yo mirando hacia el infinito a un enorme hoyo negro donde sólo distinguía una fuerte luz sobre mi rostro, dejándome casi ciega. Mi cuerpo como por inercia siguió la coreografía, la atmósfera casi ritualizada de una consagración que llegaba a su cúspide. Las escenas del ballet desfilaron entre aplausos de los espectadores hasta que me vi junto a Maurice dando las gracias al público.

—¡Bravo, Luisa! —me dijo dándome un beso. Con los ramos de rosas en mis brazos, le devolví el beso.
No sabía qué pensar, había terminado la función, empecé a llorar de felicidad, era eso lo que había estado esperando, ese momento en donde estás al frente de una afamada agrupación y tú llevando el rol protagónico de la mano de Maurice.






[1] En las coreografías de danza se suele contar del uno al ocho, y a cada cuenta se le asigna un paso o movimiento de la coreografía.

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